"Una vida no se pierde el día de la muerte. Se pierde para siempre en la mesa donde queda una silla vacía, en el abrazo que ya nadie podrá volver a dar." Hay historias cuyo fina…
"Una vida no se pierde el día de la muerte. Se pierde para siempre en la mesa donde queda una silla vacía, en el abrazo que ya nadie podrá volver a dar." Hay historias cuyo final parece escrito desde el principio. Gabriel García Márquez lo entendió mejor que nadie cuando escribió Crónica de una muerte anunciada. En aquella novela, todo un pueblo conocía el destino de Santiago Nasar. Todos sabían lo que iba a ocurrir. Todos tuvieron la oportunidad de intervenir. Sin embargo, el tiempo pasó entre rumores, discusiones y silencios hasta que la tragedia terminó convirtiéndose en una realidad inevitable. Hoy, en La Vega, pareciera que estamos escribiendo nuestra propia crónica. En el año 2016, el municipio de La Vega y la Concesión Sabana de Occidente suscribieron un memorando de entendimiento para ejecutar varias obras destinadas a disminuir la siniestralidad vial sobre la autopista Bogotá–Medellín. Entre ellas sobresalía una intervención considerada fundamental: la construcción del Retorno El Rey, diseñada para ordenar los movimientos vehiculares y ofrecer un paso más seguro a miles de personas que diariamente transitan por este corredor nacional. Han pasado diez años. Diez años de estudios, mesas de trabajo, dificultades en la adquisición de predios, trámites administrativos y obstáculos técnicos. Y cuando parecía que finalmente la obra podría ejecutarse, surgió un nuevo capítulo. Dentro del trazado proyectado se encuentra un majestuoso guayacán amarillo. Un árbol imponente que, cuando florece, transforma el paisaje con un manto de flores doradas y recuerda la extraordinaria riqueza natural de nuestro territorio. Además de su belleza, proporciona sombra, alimento y refugio para aves, abejas y otros polinizadores, contribuyendo al equilibrio del ecosistema. Por ello, una veeduría ciudadana inició un proceso judicial para impedir su tala, al considerar que se trata de un ser vivo de gran valor ecológico y ambiental que merece una protección especial. Mientras la concesión, tras superar un prolongado litigio relacionado con la adquisición de los predios necesarios para la ejecución de la obra, se disponía finalmente a iniciar la construcción del retorno, un despacho judicial decretó una medida cautelar ordenando la suspensión de cualquier intervención que implicara la tala del guayacán. Con esa decisión, el proyecto volvió a quedar detenido, esta vez a la espera de que la justicia resuelva de manera definitiva el conflicto entre la protección del árbol y la ejecución de una obra concebida para reducir el riesgo de accidentes en ese corredor vial. Hasta aquí, cualquiera podría pensar que se trata simplemente de una discusión entre el desarrollo y el medio ambiente. Pero el verdadero debate es mucho más profundo. Porque mientras expedientes, conceptos técnicos y decisiones judiciales avanzan lentamente, la autopista sigue funcionando todos los días. Los vehículos siguen cruzando. Las motocicletas siguen intentando incorporarse. Las familias siguen viajando. Y los accidentes siguen ocurriendo. Cada choque deja más que vehículos destruidos. Deja hogares incompletos. Deja hijos sin padres. Deja familias destruidas. Las estadísticas hablan de lesionados, fallecidos y pérdidas materiales. Las familias hablan de ausencias eternas. Es aquí donde surge una pregunta incómoda, pero necesaria. ¿Cuánto vale una vida humana frente a cualquier otra consideración? No se trata de despreciar la naturaleza. Quien escribe estas líneas entiende perfectamente que los árboles producen oxígeno, regulan el clima, albergan aves, embellecen el paisaje y hacen parte del patrimonio ambiental que todos tenemos el deber de conservar. Pero también entiende que la Constitución colombiana comienza protegiendo un derecho sin el cual todos los demás pierden sentido: la vida.
Sin vida no existe derecho al ambiente sano. Sin vida no existe derecho a la educación. Sin vida no existe derecho a la propiedad. Sin vida no existe absolutamente ningún otro derecho. La discusión, entonces, no debería reducirse a decidir entre un árbol o una carretera. La verdadera discusión consiste en preguntarnos si hemos perdido la capacidad de jerarquizar nuestros valores. Porque mientras discutimos durante años la protección de un árbol, cientos de miles de personas continúan exponiéndose diariamente en un punto que precisamente fue identificado hace una década como una prioridad para intervenir. Y entonces aparece el mismo interrogante que persigue toda esta historia. Si finalmente el despacho judicial concluye que el diseño debe modificarse para preservar el árbol, habrá que elaborar nuevos estudios, tramitar nuevas aprobaciones, adquirir nuevos predios y esperar, quizás, varios años más para construir una solución definitiva. Tal vez esa sea la mejor decisión desde el punto de vista ambiental. Pero existe una pregunta que ningún estudio técnico podrá responder. ¿Cuántas personas perderán la vida durante ese nuevo tiempo de espera? Nadie conoce la respuesta. Tal vez ninguna, Tal vez una, Tal vez muchas. Y precisamente porque nadie puede responderla es que el tiempo adquiere un valor inmenso. La historia demuestra que casi todas las grandes obras de seguridad llegan después de las tragedias.
Tapamos el hueco después del accidente.
Ponemos la señal cuando ya hubo una víctima.
Buscamos soluciones cuando el dolor ya es irreversible. Siempre reaccionamos después. Nunca antes. Quizá dentro de algunos años alguien escriba la historia del Retorno El Rey. Contará que durante más de una década todos conocían el problema. Que todos sabían que existía una solución proyectada. Que todos entendían el riesgo. Y que, aun así, la obra nunca llegó a tiempo. Entonces comprenderemos que, al igual que en Crónica de una muerte anunciada, no asistíamos simplemente a un trámite administrativo ni a un proceso judicial. Asistíamos, silenciosamente, a una tragedia cuya posibilidad conocíamos todos. Ojalá ese día nunca llegue. Ojalá ninguna familia tenga que preguntarse si la muerte de un hijo, de un padre, de una madre o de un amigo pudo evitarse. Porque un árbol puede volver a sembrarse. Los ecosistemas pueden restaurarse. Las compensaciones ambientales pueden multiplicar los bosques. Pero existe algo que jamás podrá reforestarse. La vida humana. Y quizá ese sea el verdadero dilema que nuestra sociedad debe resolver: encontrar el equilibrio entre proteger aquello que florece y proteger, con la misma determinación, aquello que siente, ama, sueña y regresa cada tarde esperando llegar con vida a su hogar . Porque una sociedad se mide por la manera como protege la naturaleza. Pero se juzga, sobre todo, por la forma en que protege la vida de sus ciudadanos.
agradecimientos al autor espontaneo y desconocido que subió la foto a las redes sociales
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